miércoles, 24 de junio de 2020

Grabados de Wendel Dietterlin en el Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla

En materia artística, los grabados tuvieron una importancia capital durante la Edad Moderna. En ellos, no solo circulaban ideas y teorías propias de otros estilos extranjeros, sino que también se utilizaron como fuente visual, como base en la que se apoyaban los artistas para crear obras de pintura, arquitectura, escultura, platería, etc. De hecho, desde el siglo XVI tuvieron una enorme consideración por parte de estos, ya que su utilización, como ha defendido Vicente Lleó, suponía un rasgo de modernidad, un afán por estar al día de lo que acontecía fuera de las fronteras del Reino[1]. 

En los siglos siguientes, su importancia no disminuyó, y los grabados siguieron siendo un vehículo por el que los artistas accedían a las nuevas modas y los nuevos estilos surgidos en Europa, y podían trasladarlos a sus creaciones. Jusepe Martínez nos da buena cuenta de su valoración por parte, por ejemplo, de Alonso Cano, de quien nos dice que tenía “alto interés en ver estampas y dibujos, de tal manera que si acaso sabía que alguno tenía alguna cosa nueva, lo iba a buscar para satisfacerse con la vista”[2].

Algunos grabadores o conjuntos de estampas tuvieron más relevancia que otros por las posibilidades que ofrecían. De entre muchos, el conjunto de grabados que creó el alemán Wendel Dietterlin fue sin lugar a dudas uno de los más importantes a nivel internacional, debido al protagonismo que tuvo en la difusión de modelos manieristas por Europa -especialmente España-, y de allí, al Nuevo Mundo. Esto no significa que las obras que tomaron a Dietterlin como modelo fueran también manieristas; antes bien, su repertorio de arquitecturas fantásticas sirvió para crear grandes conjuntos barrocos e, incluso, abrió las puertas a una nueva moda en el mundo hispánico protagonizada por el uso de la pilastra-estípite, un tipo de soporte caracterizado por una sucesión en vertical de formas geométricas y elementos cúbicos y ornamentales. Véase al respecto el caso de su uso en la arquitectura barroca sevillana o en la novohispana, cuyos ejemplos paradigmáticos permiten obtener buena cuenta de la relevancia del repertorio grabado[3].

En el Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, se conserva, incompleto, un volumen apaisado con signatura A 101/200, conteniendo veinticinco grabados debidos al mencionado maestro alemán. La mayoría de las láminas presentaba diversos problemas de conservación y pérdidas en las esquinas,  por lo que el volumen ha sido objeto de una restauración llevada a cabo por Blanca Galán, bajo la supervisión de Yolanda Abad, en el Taller de Restauración de la Biblioteca Rector Antonio Machado y Núñez.


Volumen de grabados antes y después de su restauración
La numeración en el margen inferior demuestra que la colocación de los grabados en el volumen no sigue ningún orden, y que faltan muchos de los que formaban la obra original, ya desde el mismo momento de su encuadernación. Como dato relevante, hay que señalar la presencia de ciertas grafías en la cara posterior de estos grabados (dibujos o juegos geométricos) y anotaciones de diversa índole. Entre ellas, destaca la repetición de un mismo nombre, Joaquín Serrano, así como la indicación, en el folio 55r, de algunas jornadas de trabajo en mayo de 1846, donde se indica, por ejemplo, día 22 fui a la cantería o día 23 fue tío pepe a la cantería, junto a unas cabezas superpuestas que, aunque perdidas por una laguna, podrían tratarse de un canon de medidas. 

Toda esta información induce a creer que el ejemplar de esta colección de grabados perteneció a un artista de la primera mitad del siglo XIX, quizás un desconocido Joaquín Serrano, aunque no se debe a él su encuadernación, ya que esta parece anterior. Esta suposición permite prolongar la influencia que tuvo Dietterlin, que hasta ahora sólo se ha podido acreditar para el siglo XVIII, hasta el siglo XIX. Este ejemplar, por tanto, podría abrir nuevas vías de investigación y permitir rastrear pervivencias manieristas e incluso góticas en los estilos artísticos de comienzos de la edad contemporánea.

[1] LLEÓ, Vicente: Nueva Roma. Mitología y humanismo en el Renacimiento sevillano. Sevilla, 2001, p. 28.
[2] MARTÍNEZ, Jusepe: Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura. Zaragoza, 2008, p. 121.
[3] FALCÓN MÁRQUEZ, Teodoro: “Influencia de los grabados fantásticos de Dietterlin en la arquitectura barroca sevillana”, Laboratorio de Arte, 21, 2008-2009, pp. 117-134; MOFFITT, John F.: “El Sagrario Metropolitano, Wendel Dietterlin, and the estípite: observations on Mannerism and Neoplateresque architectural style in 18th century mexican ecclesiastical facades”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, t. 50, 1984, pp. 325-348.

Autor de la entrada: Carlos Maura.

martes, 2 de junio de 2020

Los alumnos del Real Colegio de San Telmo de Sevilla (1788-1810): los numerarios, lo “expósitos” y los caballeros porcionistas


El papel que durante los siglos XVI y XVII jugó Sevilla en el tráfico marítimo con América puso de manifiesto la escasez de personal con conocimientos y experiencia en navegación. Fue esa necesidad de formar una marina eficaz y competente la que impulsó a la creación del Colegio de San Telmo de Sevilla, a instancias de la llamada Universidad de Mareantes, antigua Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire, una institución que tenía su sede en Triana y que se regía por las reglas y ordenanzas aprobadas por S.M. en 1569. La Universidad de Mareantes la integraban dueños de naos, pilotos y maestres examinados de la Carrera de Indias, y por el resto de los oficios del mar: contramaestres, guardianes, marineros, grumetes y pajes (Garralón, 2007, pág. 51).

El Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla (1681-1847) fue creado por Carlos II en 1681, encomendándose a la Universidad de Mareantes su administración perpetua. El Consejo de Indias sería su protector, y el presidente de la Casa de Contratación su conservador superintendente (Espinosa, 1988). El Colegio de San Telmo tenía una doble finalidad. Por una parte, formar en las artes náuticas a muchachos huérfanos que cubriesen las necesidades de tripulación especializada en las armadas y flotas de la carrera de Indias, y por otra, paliar la escasez de gente del mar, especialmente de pilotos, que sufrían las flotas y navíos de la Carrera de Indias, ya que hasta 1729 no se exigió la matriculación obligatoria en la Universidad de Mareantes, requisito que sólo se hizo efectivo hasta 1756 (Garralón, 2007, pág. 54).

La enseñanza que se impartía en el Colegio de San Telmo, reglada en las reales cédulas de fundación, era muy elemental: se enseñaba a los muchachos a leer, escribir, contar, y se les tomaba de memoria la cartilla del Regimiento de Artillería. Al ser insuficiente, pronto se tomó la necesidad de contar con un maestro de matemáticas, para que los alumnos salieran del centro con nociones de aritmética, álgebra, artillería, geometría, trigonometría plana y esférica y conocimientos del globo terráqueo y celeste. Todo ello se complementaba con prácticas dentro del Colegio, dedicadas a observar el sol con el cuadrante u octante, la ballestina y el astrolabio. A los alumnos menos brillantes se les enseñaba el arte de la artillería para dirigir su futuro a las brigadas marinas. Lo cierto es que el Colegio de San Telmo no sólo fue un lugar de enseñanza, sino que además fue un centro de investigación en el avance y perfeccionamiento del arte de la navegación. En San Telmo se mejoraron cartas y derroteros, se perfeccionaron algunos instrumentos de navegación y se promocionó su uso y, por supuesto, se compusieron tratados u obras. (Jiménez, 2002). Con el tiempo, a partir de 1786, se sumaron al aprendizaje en San Telmo las asignaturas de comercio, dibujo e idiomas (francés e inglés).

Las cédulas fundacionales establecían que los alumnos debían ser españoles, preferentemente huérfanos y pobres de entre 8 y 14 años. La condición de orfandad fue mitigándose con el tiempo. Al principio tenían preferencia los huérfanos de padre y madre, seguidos de los que sólo lo fuesen de padre. Sólo en caso de de no conseguirse suficientes alumnos, podrían ser elegidos aquellos que contasen con ambos progenitores. A partir de 1721 no se admitirían niños cuyos padres hubieran ejercido “oficios viles” como verdugo, pregonero, lacayo, mozo de mulas, bodeguero, carnicero, zapatero, etc. Tampoco se admitirían descendientes de negros, mulatos, gitanos, herejes y penitenciados por la Inquisición y que no fueran descendientes de cristianos viejos. Estos requisitos hicieron que tanto el Colegio como sus alumnos gozaran de gran prestigio. Fueron muchos los que se formaron en San Telmo llegando a ser contramaestres, condestables, artilleros, pilotines segundos y pilotos. Otros llegaron a ostentar cargos públicos y profesores del propio colegio.

Era un requisito indispensable para el ingreso en el Colegio que los aspirantes presentaran informaciones y se sometieran a un interrogatorio, donde se acreditara suficientemente que cumplían las condiciones necesarias para el ingreso. Todas estas diligencias, una vez aprobadas por la diputación, se archivaban en la Contaduría del Colegio, sin descartar la posibilidad de que si en el futuro se descubría en algún aspirante faltas en cuanto a la limpieza de sangre o exclusión de oficios bajos, fuese expulsado del Colegio y borrado de los asientos de la Contaduría (García, 1998). Estos expedientes de legitimidad y limpieza de sangre se conservan actualmente en el Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla, en una serie que abarca un total de 54 libros, conteniendo 2200 legajos (AHUS Libro 217 / Libro 270).


Como correspondía a una fundación benéfica, además de velar por la buena fama y honorabilidad de los colegiales, el Colegio admitía a los llamados hijos de la Iglesia o expósitos, también llamados de la cuna, ateniéndose a la doctrina jurídica según la cual los expósitos son limpios de sangre.

En 1786 el Colegio dio entrada a los llamados caballeros porcionistas, jóvenes que pagaban una cuota en concepto de pensión y educación. Procedían de familias pudientes, hijos de militares, comerciantes ricos e incluso nobles. De estos caballeros se conservan en el Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla un total de 195 expedientes recogidos en 5 libros (AHUS Libro 303 / Libro 307). 


Los requisitos para la entrada en el Colegio eran los mismos que para los numerarios salvo la condición de pobreza y orfandad. A los porcionistas se les habilitaron cómodos departamentos. Por otro lado, su educación fue más refinada (primeras letras, baile, matemáticas, dibujo e idiomas) y teórica que la que se daba a los numerarios, que era más práctica. Respecto a la comida, era la misma, aunque desde 1807 comían a distinta hora y la mesa era bendecida por su capellán. El uniforme era similar aunque si alguno quería comprárselo de mejor calidad podía hacerlo costeándolo ellos mismos y sin cambiar los colores.

El número de plazas que se les reservó fueron 50 aunque en 1788 bajaron a 30. Nunca llegaron a ocuparse totalmente (a veces sólo hubo 2 alumnos). Los 4 reales que pagaban diariamente no eran suficientes para cubrir los gastos con lo que el Colegio tenía que pagar parte de sus gastos. Poco a poco su cuota se elevó hasta llegar a 12 reales en 1805 para bajar a 10 reales en 1808 para desaparecer (este tipo de estudiantes) en 1810. El escaso número de estudiantes porcionistas y la ocupación francesa fueron los motivos. 


Bibliografía
Espinosa, M. J. (1988). Desprestigio social y oficios viles en la España del siglo XVIII: ascendencia profesional del alumnado del Real Colegio de San Telmo. Cuestiones pedagógicas, 4-5, 211-227., 1988 , 4-5, 211-227.
Garralón, M. G. (2007). La Universidad de mareantes de Sevilla (1569-1793). Sevilla: Diputación de Sevilla.
Jiménez, E. M. (2002). El Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla (1681-1808). Sevilla: Universidad de Sevilla.
 García, M. T. (1998). Admisión de alumnos en el Real Colegio de San Telmo. Temas americanistas, 61-71.

Autora de la noticia: Purificación Mallén Osuna

jueves, 21 de mayo de 2020

Manuscritos árabes en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla


Entre los documentos custodiados en el Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla se encuentran unos manuscritos en lengua árabe cuyo autor fue el franciscano Fr. Pedro Martín del Rosario.






El interés que mostraron los franciscanos españoles por el estudio de la lengua árabe se remonta, en áreas como el territorio del Marruecos actual, al siglo XIII y llega hasta la primera mitad del siglo XVII en una primera etapa. De los siglos XVII a XIX hubo una segunda etapa de presencia franciscana en el norte de África, en la que los franciscanos se dotaron de una estructura y organización más sólida en la región. De ello sería fruto la creación en Tánger, en 1800, de una Escuela de la Lengua Árabe puesta en marcha por el Gobierno de España. El objetivo de dicha escuela era la de formar a los componentes de la orden mendicante pertenecientes a la Misión Católica de Marruecos en dicha lengua.

Entre estos franciscanos se encontraba Fr. Pedro, protagonista de nuestro estudio. Pedro Martín del Rosario nace en Lucena (Córdoba) el 17 de noviembre de 1771, ingresa en la orden franciscana a la edad de dieciséis años, y se ordena como sacerdote entre 1796 y 1797, cuando cuenta con 26. Moró en Sevilla durante cuatro años, en la Casa Grande de San Diego el Real. El 8 de enero de 1800 su Superior Provincial notifica al cónsul general de España en Marruecos que Fr. Pedro Martín era uno de los elegidos para estudiar árabe en Tánger. Junto con otro compañero inaugura la Escuela. Un año después fallece el segundo franciscano que acompañaba a Fr. Pedro en sus estudios, el P. Cordero.

Su dedicación le valió de manera oficiosa el cargo de intérprete en el Consulado General de España en Marruecos: 

“…Anciano ya y achacoso volvió a su patria […] fue nombrado bibliotecario en el cuerpo de ingenieros del ejército en la ciudad de Cádiz […] marchó a Lucena donde fallece en el mes de Octubre, legando a la Universidad de Sevilla gran número de libros y manuscritos árabes”[i]






Es cuanto menos curioso observar que aun habiendo trabajado como bibliotecario en la ciudad de Cádiz, decidiera sin embargo ceder los libros y manuscritos a la Universidad de Sevilla. Desgraciadamente en nuestras dependencias no se han podido encontrar todos los libros y documentos de los que habla la revista La Cruz, pero sí se encuentran otros manuscritos que llevan la firma de Fr. Pedro Martín del Rosario en nuestra biblioteca: A 332/017, A 332/018 y A 332/019. Uno de los manuscritos contiene información de la correspondencia entre el calendario occidental y el calendario de la Hégira, y otro una recopilación de dichos populares y remedios naturales. Sin lugar a dudas, debe atribuirse la autoría de dichos documentos a Fr. Pedro Martín del Rosario. A ello se suma el Libro del Karthas, que nos transporta a la época y al contexto político a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En 1795 Abu Er-Rebia Soleimán es soberano de Marruecos, y en España reina Carlos IV. En 1797 el sultán firma un tratado de paz, amistad, libertad de navegación, comercio y pesca con España, en el cual nuestro país salía ventajoso. Hay una copia manuscrita de dicho tratado en la Biblioteca Universitaria, cuya digitalización se puede consultar en: https://archive.org/details/A333194. Se trata del primer tratado que consigna que el culto de la religión católica sería libremente permitido a todos los súbditos del rey de España en los dominios marroquíes y permite celebrar los oficios propios en los hospicios de los misioneros. 

Autora de la entrada: María Teresa Aranda Poyuelo





[i] La Cruz, 1854, 2º semestre,800-801

martes, 5 de mayo de 2020

La aventura de restaurar un papel


La restauración del papel sigue siendo para muchos una disciplina poco conocida. Frases como "¿El papel se puede lavar? ¿Reescribes el texto que falta? o el clásico ¡Qué paciencia tienes que tener!, acompañan la cotidianidad de la mayoría de compañeros de profesión. Junto a eso no es raro encontrarse, en el lado opuesto, con aquellos que piensan que "arreglar papelitos" es algo al alcance de cualquiera con un mínimo de manualidad y creatividad. En el post que Rita Udina publica en su blog se ofrece una visión divertida, casi infantil, de la restauración del papel. Con sus exageradas aventuras y el resumen posterior de las fases de la restauración, ayuda a acercar un poco más esta profesión sin perderle el respeto ni restarle importancia.

https://ritaudina.com/es/2020/04/24/proceso-de-restauracion-de-documentos-stop-motion-video/


lunes, 20 de abril de 2020

Las tintas metaloácidas y su tratamiento


Las tintas metaloácidas, las más utilizadas desde la Edad Media y hasta avanzado el siglo XX, son tintas orgánicas permanentes, de fácil elaboración y de un color oscuro que puede ir desde el negro o sepia, hasta el azul o el conocido como verdigrís (coloreado de mapas y planos) [1].

Son soluciones acuosas compuestas de taninos (ácido gálotánico en las agallas de plantas), sulfato ferroso (sal de hierro) y gomas naturales como aglutinantes (generalmente goma arábiga). Los compuestos metálicos reaccionan entre sí produciendo sustancias ácidas que degradan el papel, sumándose a otros factores de degradación intrínsecos, como la propia composición del papel, y extrínsecos, como la temperatura y sobre todo la humedad relativa, además de algunos aditivos de manufacturación.

El principal deterioro provocado por estas tintas es la corrosión, producida al combinarse los mecanismos de hidrólisis ácida y oxidación de la celulosa, que son catalizados por el ácido sulfúrico generado a causa del exceso de sulfato ferroso (mayor concentración de iones Fe2+ y Fe3+) [2] en el papel.

Los principales indicadores de alteración que estos mecanismos provocan son: oscurecimiento y fragilidad del papel, halos oscuros alrededor de la tinta y transferencia de la misma hacia otras zonas, como se puede ver en las imágenes siguientes, así como la perforación del soporte en último grado.





Ha habido una evolución desde los primeros tratamientos empleados para este tipo de tintas degradadas, centrados en la estabilización física, hasta los métodos más actuales que tienen su prioridad en la estabilización química de los materiales. Lo que se debe tener claro es que, para que un tratamiento sea completo y eficaz, tiene que:

1. Bloquear o ralentizar la oxidación acelerada: ESTABILIZACIÓN DE LA TINTA.
2. Detener la hidrólisis ácida, actual y futura: DESACIDIFICACIÓN.
3. Reforzar físicamente la tinta y su soporte: REAPRESTO Y LAMINACIÓN.

Antes de tratar las tintas hay que determinar en primer lugar si es verdaderamente necesarios, y proceder luego del siguiente modo:

A. Examen visual y pruebas puntuales con los que observar zonas de riesgo y dañadas.

Observación de la tinta con lupa digital DinoLite®

B. Pruebas químicas con tiras indicadoras de batofenantrolina para comprobar la presencia de iones de hierro libres y por tanto el riesgo de degradación.

Prueba con tira de batofenantrolina. Resultado positivo

El tratamiento acuoso con fitato de calcio propuesto en la década de los 90 por Neevel [3] ha sido el más estudiado y probado. Consiste en aplicar una solución acuosa que combina un quelante (ácido fítico) con un tampón alcalino (carbonato cálcico) que minimiza la reacción química de oxidación de la tinta [4], seguida de una desacidificación del papel con bicarbonato cálcico para aportar una reserva alcalina. El método que se suele usar para este tipo de tratamiento es la inmersión en baño pero, en función de la fragilidad del documento, se pueden recurrir a otros métodos como la aplicación por capilaridad o el uso de mesa de succión cuando el baño convencional sea arriesgado.  El último paso en este tratamiento sería la laminación o consolidación con gelatina tipo B (inhibidora de la corrosión). 

El tratamiento de tintas metaloácidas es un campo que aún sigue en estudio, sin haber llegado a una propuesta óptima, todas cuentan con aspectos negativos. En el caso del fitato cálcico son en relación al aspecto histórico y estético (desmontaje, pérdida de intensidad de la tinta, de soporte, etc.). Aún así  la gran mayoría de conservadores y restauradores lo apoyan como la alternativa más adecuada y natural. Otros profesionales también consideran que, teniendo en cuenta que un soporte ácido favorece la corrosión de las tintas, simplemente un proceso de desacidificación del papel sería suficiente para neutralizar esta degradación con la posterior laminación o consolidación pertinente .

[1]. BARBÁCHANO, Pedro: “Las tintas metaloácidas y su conservación”, pp.412, X Congreso de Estudios Vascos, Pamplona, 1987, pp.411-412.
[2]. Iones libres no unidos, solubles en agua, que son perjudiciales para sustratos orgánicos, tanto celulósicos como proteícos. 
[3]. NEEVEL, J. G.: “Phytate a potential conservation agent for the treatment of ink corrosion caused by iron gall inks”. Restaurator, 16(3),  pp. 143-160, 1995.
[4]. El agente quelante “secuestra” los iones de Fe, intercambiándolos por iones de calcio.

Puede obtener información de interés sobre esta materia en la página web "Iron Gallic Ink", mantenida por la Agencia del Patrimonio Cultural de los Países Bajos

Autora de la entrada: Laura del Pozo Moriel.


martes, 14 de abril de 2020

BULAS EN EL ARCHIVO HISTÓRICO DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA




Las bulas son documentos pontificios que contiene declaraciones en materia de fe, gracias y privilegios, o asuntos judiciales o administrativos.  Las expide la cancillería apostólica y están sujetas a un formulismo muy estricto, siendo su soporte preferente el pergamino. El Archivo de la US conserva una serie de bulas de finales del siglo XV y principios del XVI, todas ellas guardadas en los legajos 608 y 609. Su importancia radica en ser testimonios directos del periodo fundacional e inmediatamente anterior. Para el Colegio de Santa María de Jesús, la conservación de aquellos documentos solemnes, que contenían concesiones de beneficios y privilegios al fundador por tres sumos pontífices, y el acta misma de fundación de la institución, era un acto de primordial importancia. Las descripciones de los documentos, que pueden leerse en los anversos, daban la ubicación de las bulas, que se conservaban dobladas a veces en varios pliegues.

Bula de Julio II (7 de julio de 1505)

De estas bulas es sin duda la más conocida la expedida por el papa Julio II, en el siglo Giuliano della Rovere, autorizando la erección del Colegio y la anexión al mismo de los Beneficios de Alocaz, Gómez Cardeña, San Lorenzo de Sevilla, San Nicolás del Puerto y La Parra. La bula (Legajo 608-13) mide 89 x 62 cm, está fechada el 12 de julio de 1505, y es generalmente considerada el documento fundacional del Colegio de Santa María de Jesús, precedente de la Universidad de Sevilla. Sólo unos días más tarde, el 16 de aquel mismo mes de julio, el mismo pontífice otorgaba una nueva bula (Legajo 608-14), esta vez concediendo al Colegio nuevos privilegios, de los que solían gozar otros estudios generales, como el permiso para otorgar títulos en medicina, y anexionando a la nueva institución varios beneficios. De ambas bulas se hicieron ediciones impresas fechadas en 1716. Una tercera bula de Julio II, esta de 25 de agosto de 1506, contenía un rescripto a los priores de Santiago de la Espada y del Carmen “para que hagan justicia, con motivo de haber permutado el Fundador , la Magistral de Málaga por un beneficio de Ronda, que dijo poseía Fco. Melgar, lo que era falso, para que dicho Francisco devolviese la magistral al Sr. Fundador”.

No son estas sin embargo las bulas más antiguas conservadas en el Archivo Histórico, sino otras que recogen los privilegios y rentas que los pontífices concedieron a Maese Rodrigo Fernández de Santaella años antes de que emprendiera la fundación del Colegio. En primer lugar, las dos bulas de Sixto IV (de quien maese Rodrigo había sido familiar, de 9 de septiembre de 1476),  por las que le concedía, como beneficios eclesiásticos, las pestrameras de Grijalba (Burgos), Alocaz y Gomez Cardena (estos dos últimos en Sevilla), una vez hubiera vacado el beneficiado de que disfrutaba el obispo de Calahorra (Legajo 608-02(1)). El Legajo 608-02(3) contiene copia autorizada de la bula de Sixto IV de 15 de julio de 1480, que otorga a maese Rodrigo poder hacer testamento de todos sus bienes no adquiridos “in tuitu ecclesia”. También se refieren a los años anteriores a la fundación la serie de Letras apostólicas para dar posesión a Maese Rodrigo de los Beneficios de Salvatierra, Santa María de Salvaleón y Prestamera de la Parra (Badajoz), San Martín de Sevilla, San Mateo de Jerez, Pontificial de San Nicolás del Puerto y Arcedianato de Reina (Legajo 608-06), fechadas entre 1484 y 1500.

Las tres bulas siguientes las expidió el papa Alejandro VI: la primera dispensando a maese Rodrigo de la residencia capitular y la segunda, nombrándole Notario de los del número de la Santa Sede, están fechadas en 9 de septiembre de 1495 (Legajo 608-04(2)). En la tercera, de 27 de junio de 1500, el papa le concede el Arcedianato de Reina (Legajo 608-04(3)).

El Colegio-Universidad era una institución pontificia y para determinadas actuaciones se requería la sanción pontificia. Hay una bula de Paulo III confirmando los Estatutos del Maestro Navarro (Legajo 608-22). Del mismo pontífice custodia el AHUS un traslado autorizado (Legajo 608(03)) fechado en 1621 de la bula de 1545 con la autorización para hacer modificaciones de los Estatutos. Por último, hay ejemplar de la edición impresa de la Copia autorizada de la Bula de Benedicto XIII, año 1727, en la que se concede al Colegio el Beneficio de Yecla (Legajo 609-2).

Aparte de los originales en pergamino, el AHUS custodia también algunas ediciones impresas de bulas relacionadas con el Colegio. Es el caso de la  Copia autorizada de la Bula de Benedicto XIII, año 1727, en la que se concede al Colegio el Beneficio de Yecla (Legajo 609-02).


martes, 7 de abril de 2020

LA CONSERVACIÓN EN TIEMPOS DEL COVID-19


En estos extraños días que nos ha tocado vivir, surgen múltiples preguntas acerca de cómo cambiará nuestra forma de vida cuando, en un futuro indeterminado, podamos volver a nuestros puestos de trabajo. Los que nos ocupamos de colecciones bibliográficas y documentales tenemos que ser conscientes de que hemos entrado en una nueva era en la que ciertos virus pueden hacer nuestra tarea más complicada. En concreto, es lógico preguntarse qué sucede con el material que ha estado en contacto con alguien infectado por COVID 19. Pueden servir de ayuda en este sentido los enlaces que ofrecemos a continuación:

"Cómo actuar con los libros ante el riesgo de contagio por COVID-19" (Blog de la BNE)

"Cómo desinfectar los libros de la biblioteca en una pandemia" (Julian Marquina).